A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

FELIZ NAVIDAD

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sábado, 28 de abril de 2007

SensacioneS GuaRdadaS.




El aire temprano de la primavera comienza a enviar sus ráfagas entre las ramas aún heladas de los árboles.


Respiro una alegría deshilvanada por ese aire que se me antoja tan real como las nubes transparentes que a veces cuelgan del cielo.


Me invaden unas ganas de ir al campo y ver árboles, de ver pinos, esos pinos del coto de Doñana tan amados por mí; no, quizás mejor deseo ver el mar, esa playa rubia y llana de la Antilla o quizás me conformaría con dar un buen paseo por la ría Colombina.


Los primeros días la arena está algo poblada de algas a causa de los temporales de invierno pero a pesar de ello, corro descalza por la arena y por la orilla de las heladas aguas, gritando al sentir el roce frío sobre mis pies, incluso hasta las rodillas.


A veces bailo para reaccionar a ese frío, cerrando un ratito mis doradas pestañas recortadas contra aquél cabrilleante azul del cielo.


Irme. Irme cruzando y dejando atrás los arrabales tristes de la ciudad, contemplando como chillan los pájaros al salir espantados de los alambres de los telégrafos al ser asustados por el ruidoso zumbido de los coches.


Cuando voy sola en mi auto, no me gusta tanto que cuando me lleva mi hermano, entonces me pongo detrás de rodillas, vuelta de espaldas en el asiento, me encanta ver la masa informe y portentosa que es la ciudad y que se levanta como un rebaño de monstruos al ir dejándola atrás , entonces me convierto en la muchacha alocada que siempre fui, alocada, alegre y casi infantil.
Cuando llego siento el encanto melancólico de las algas desperdigadas en la arena, la fuerza, el ardor, el hechizo esplendoroso del mar, sintiendo que vibra más, que huele y resuena con las palpitaciones del profundo infinito.


Estas llamaradas de luz que recibía mi interior, estaban ensombrecidas por el sombrío tinte con que se teñía mi espíritu algunos días de mi vida, debido a esa visión desenfocada de tu ausencia que a base de ser eterna, llegaba casi a no sentirme.


Recuerdo que cuando mi madre me daba la paga de la semana para sobrevivir a mi época de estudiante, llegaba cargada de flores para mi abuela y para ella, y me compraba chocolatinas y cigarrillos y me iba corriendo por las escaleras a mi santuario secreto, la buhardilla que se había convertido en mi refugio y en el sofá cama me tumbaba boca abajo con las piernas en alto a escribir sin parar, hasta cansarme y quedarme dormida, para después despertar viendo alborear las luces de la calle en el recuadro de mi balconcito, como si despertara de un sueño pesado.


Después me arreglaba y me iba andando a la universidad, entre las calles y fuentes bajo el cielo inmensamente azul de la costa de la luz y mezclándome con el olor de multitud de flores primaverales, volviendo a casa cuando el crepúsculo tenía reflejos de color vino tinto, el mismo color que adquirían las uvas de la parra del patio de mi casa, sintiendo absurdas sombras que me corrían por la cara, acelerando mi corazón furiosamente, con la furia intempestiva de los 20 años.


Volvía con los ojos estriados de oro y esmeraldas, empezaban ya a encenderse las luces y los quejidos del aire entre los mil rincones de las calles, mientras el firmamento se convertía en tiras abrillantadas entre las azoteas casi juntas, cerca se divisaba ya la cancela de mi casa, adornada de rosas de pitiminí que enmarcaban su contorno. Dentro la paz y el remanso de mi hogar donde me encontraba con la serenidad y el cariño de mamá y las bromas de mis hermanos.

1 comentario:

  1. Me encanta conocerte en tus relatos y en esas andanzas, las tuyas ser huesped de tus pasos, caminar tus ersectivas tomado quizás no de tu mano, pero si de tu pluma... bella.

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Huellas.