A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

domingo, 21 de octubre de 2007

El Progreso que nos Mata.


El hombre ha necesitado siete mil años para pasar de 13 a 100 km. Por hora y apenas más de un siglo para pasar de 100 a 28.000 km./hora.

Desde que hace 5.000 años los egipcios se desplazaban en un camello a la velocidad de 13 km. / hora, hasta ese cohete (avión) americano (X15) que alcanza los 7.297 km./ h. o esos satélites que giran alrededor de la tierra a más de 28.000 km. / h.

El conjunto de esos conocimientos y descubrimientos y de aplicaciones prácticas ha dado un gran salto hacia delante.

Pero el progreso no es solo una evolución intelectual y técnica, creo que debe ser sobre todo, una evolución moral y esto es lo que más parece faltar a nuestra civilización.

Si no, ¿cómo es posible que, desde hace siglos, el hombre se las haya ingeniado para degradar y matar a esta naturaleza que lo rodea, lo protege y asegura su existencia?

Más de treinta mil especies de mamíferos, diecisiete mil de aves, seis mil de reptiles etc. etc. Viven en nuestro planeta, donde existían mucho antes que el hombre, estos animales saben aprovechar todos los recursos de la naturaleza, los utilizan según sus necesidades, jamás cometen abusos, los utilizan incluso ayudándola, nadie ha intentando destruir nuestro hábitat, solo el último en aparecer, el representante de la especie de mamíferos que hace el nº treinta mil, ha tenido esta audacia y esta inconciencia.

Apenas emergido de la masa de primates que poblaban la tierra, hace más de dos millones de años, el hombre pasó de cuadrúpedo al de homos erectus, después pasó al homo sapieuns, como lo han llamado los paleontólogos, de quienes yo me pregunto si son unos bromistas o unos inocentes.

Apenas en posesión de unos gramos de inteligencia, nuestro homo sapiens, descubrió el fuego y no contento con calentarse y calentar sus alimentos, empezó a provocar incendios forestales, para ganar parcelas arrancadas de la incultura circundante.

Comprobó que poseía una asombrosa superioridad sobre los animales, podía transformar, modelar la naturaleza, rehacerla a su antojo, jugar al Dios creador en su pequeño jardín del Edén. Advirtió poco a poco que experimentaba gran satisfacción en poseer, en contentar sus deseos y en satisfacer sus necesidades.

Muy pronto nacería en él la vanidad, el culto a lo inútil y a persuadirse de que era la característica de su genio.

Antes de saber como era el mundo, ya se había empeñado en destruirlo. Y ahora, el hombre de ahora, enamorado del progreso, es como ese automovilista, descendiente de campesinos que desde el comienzo de los tiempos ha caminado siguiendo el paso de los bueyes y de repente se halla bruscamente al volante de un coche extraordinario, de un monstruo que alcanza los 280 kms. por hora. Aprieta suavemente el acelerador, siente bajo sus pies una reserva de ilimitada energía, forma un solo organismo con esta máquina dispuesta a suprimir el espacio y el tiempo, “él” es esa máquina, por la simple acción de su voluntad, se ve lanzado a la velocidad de un cohete; se siente aterrado y al mismo tiempo ebrio. Sabe que por no tener costumbre de manejar una máquina semejante, podrá chocar con una pared, coger mal una curva, entrar en colisión con una fila de coches y acabar con su vida de forma trágica. A pesar de todo, a pesar del miedo que le inspira esta máquina diabólica, no podrá evitar pisar el acelerador, correr cada vez con mayor rapidez hacia la catástrofe.

Es exactamente el comportamiento del hombre aferrado hoy al volante de ese prototipo de reacciones imprevisibles, “El Progreso”; un progreso que él es incapaz de dominar, pero al cual sigue acelerando con una tremenda inconciencia. El progreso es un juguete maravilloso que él es incapaz de rechazar y nada impedirá al hombre, este niño eterno jugar, aún cuando el juguete explote entre sus manos.

El hombre está haciendo que todas las creaciones orgánicas de la naturaleza, tenga un mecanismo concebido por un tiempo de existencia definido, no se da cuenta de que es solo un ser pensante y frágil.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Huellas.