A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

lunes, 29 de octubre de 2007

Mi Abuelo Alejandro.


Mi abuelo me contaba, como duermen los pájaros.

¡Milagro de la observación¡

En la casa del Andévalo, donde se habían respetado los olivos y traído matas y retamas de la sierra, los pájaros dormían y se despertaban tranquilos al alba.

Y era ese momento en que él, cerraba sus libros y se marchaba a dormir a su vez.

La mirada de mi abuelo no se podía apartar de los libros, era necesario un acontecimiento o la llegada de mi madre (su hija) con su acostumbrada simpatía contándonos algo divertido; otras veces era yo quien conseguía contener el silencio con mi algarabía o mis eternas preguntas ávidas de saber que hacían temblar o acurrucarse a los libros.

Mi abuelo era un hombre de sabias palabras, su voz juzgaba las escenas y su juicio era escuchado silenciosamente.

Era un hombre de la vieja España, la de la voz truncada, a la que faltó todo lo que consuela y cura, un príncipe de la eterna primavera, donde el mar era muy grande y los vientos políticos muy fuertes; que vivió una guerra sin fe ni esperanza, una guerra que avergonzó su virilidad de hombre, preguntándose ¿cómo pueden morir tantos jóvenes en una guerra sin la razón de una razón?

Cuantas historias verdaderas me habrá contado con su voz, voz que siempre esperaba oír al llegar del colegio, la que se escucha con el centro del pecho; me transmitió tantas cosas, las que otros dejan, las que dejan olvidadas o que reemplazan por otras, su voz estaba sentada de otra manera, llevaba el grito, su manera de decir el llanto, el amor, la esperanza, la angustia, la rabia, la alegría, sabía llevarlas y hacerlas sentir con palabras sabias, sorbidas, truncadas, interminables, rotas o vivas, llegando a los jóvenes con el regreso eterno de las generaciones.

En los tiempos de la guerra él era de carne intelectual y los que habían decidido “no saber leer” estaban mudos, mi abuelo hablaba por los codos si se trataba de los jóvenes a los que enseñar, si se trataba de cultura y del buen hacer y tuvo que subir a los riscos donde hacía milenios se encaramaban los pueblos de los pastores, prefería dar clases clandestinas antes que pasear su complacencia, su seguridad. Lo pagó caro pero su orgullo lo mantuvo intacto y el cariño de un pueblo se llevó entre sus manos.

¡El Hombre no tiene escarmiento¡

_ Decía mi abuela _

Así el día de su muerte, la cola hasta el cementerio llenaba carreteras desde el vecino pueblo, allí había escritores, filósofos, médicos, poetas, hombres de campo, jóvenes y viejos, no quedó nadie, hasta de otros países, enlutados, serios, tristes, con voz herida al viento…

¡Profesor nos has abandonado¡

a ti nos inclinamos muerto, como tú te inclinaste a nosotros vivo.

Pude oír esas palabras, enormes palabras, mientras se estrechaban las manos los unos a los otros, oyéndose lo que los amigos dicen para cerrar el ciclo de una vida integra.

Cuando el mar sonoro y el viento libre vuelvan… Mi Capitán… te estaré esperando donde se respetaron los olivos, donde los pájaros duermen tranquilos y se despiertan al alba conmigo.

Poema a mi Abuelo.

Se marchó con los árboles

Cuajados de capullos,

Cuando aún la primavera

Era niña también,

Cuando mi corazón ya era suyo

Y no lo pudo retener.

Y se llenaron mis manos

De blancos jazmines,

De claros cristales mis ojos

Y mi alma de fríos despojos.

Mis poemas te envolverán con su música

Como los brazos tiernos

Del amor que tú me diste

Y tocaran tu frente,

Como beso que venera y bendice.

Y cuando estés solo,

Se sentarán a tu lado, te hablarán al oído,

Y cuando estés en medio de la gente

Te cercarán aislándote de todos.

Pondrán alas a tus sueños,

Transportarán tu corazón

Al borde de lo ignoto

Serán como la estrella fiel

Que luce allá en lo alto,

Cuando la noche oscura

Te sorprenda en la mitad del todo.

Se sentaran en las pupilas de tus ojos,

Guiaran tu mirar al núcleo de las cosas

Y cuando ya mi voz se calle,

Te hablaran en tu vivo corazón

Ocupando ya su asiento,

En el seno eterno del amor.

3 comentarios:

  1. Alguno de tus nietos, escribirá así de ti, estoy seguro.

    Manuel.

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  2. Tu texto es hermoso, en él brota melancolía pero el porte orgulloso de una estirpe. Sólo no estoy de acuerdo con una afirmación: no, el profesor no los ha abandona, su legado es fiel testimonio de que nunca los abandonará. Tus poemas, esas palpitaciones de Don Alejandro, son el horizonte de la mirada de tu abuelo. Seguro estoy que él te mira orgulloso.
    M.

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  3. Gracias por esas palabras Atzin.
    C.

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