A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

martes, 11 de diciembre de 2007

La Casa de la Era.

De vez en cuando me paso por la antigua casona del campo donde antes mis bisabuelos segaban trigo dorado en las mesetas infinitas que unían la tierra y el cielo, en los que se secaban el sudor de la frente con pañuelos hechos de yerba dorada y verde.

Ya son caminos en desuso, veredas calladas llenas de vivencias e historia, una fuente vieja que ya no conserva el gorjeo del agua al lado de las estancias de cal y ladrillo grana que rompe la sincronía de los amarillos secos que rodean la casa.

Al lado de la ventana trasera cuelgan aún restos de raíces de parra ya seca donde en su día verde esmeralda, servía de techo para el sol que sin ella te abrasaba y también de suelo para el paseo acostumbrado de la gata parda que traía amargadas a las ratas y demás inquilinos que compartían según que zonas de la casa.

Las sillas de enea, las mesas de madera de los olivos que los guardeses hicieron con sus manos, donde tomaban los tazones de café de cebada, aún conservan la compostura aunque ya no el brillo que les caracterizaba.

Terminando de andar el patio, al final a la derecha está aún la escalera que te lleva al granero, ya no hay trigo, ni maíz ni garbanzos con sus cáscaras amarillas a punto de ser preparados para meter en los sacos, también siguen ahí las ánforas de latón que ya no relucen como antaño, donde vaciaban el zumo de olivo verde transparente traído recién del molino, que por cierto ya es un laberinto de tiempo y telarañas, cargado de baúles, muebles inservibles y cacerolas, sogas y sacos con restos aún de harina y de cebada, ¡cuanta historia duerme en los arcones¡ cuantas vivencias de generaciones y un sinfín de objetos dignos de colección, cera de abejas, relojes de campana, de aquellos que clavaban su sonido en las dobleces del sueño.

La mecedora de todas las abuelas está triste y lisiada, ahora yace arrinconada y a oscuras, antes su sitio era al lado de los arriates de pilistras y siempre verdes, a su lado un búcaro que ya suda el agua de agrietado, un piporro como les llamaban sus antiguos dueños andaluces.

La piedra grana del suelo que antes mantenía fresca la casa en verano y que en invierno había que calentar con todos los leños habidos y por haber en la chimenea, se mantiene casi intacto pero ajado, en los techos de adobe y encañado ahora duermen gorriones, golondrinas y toda clase de aves de esas que emigran, aún por el paso de los años, ya empecinados en ser eternos crecen jazmines centenarios y las macetas de barro y algunas de lata, ya solo conservan la tierra donde crecía la yerbabuena, la albahaca y el romero.

Y en el pozo, eco de griteríos niñeros, y de chirriar de grillos se conserva el agua limpia, esa que aún cada noche guarda a la luna de agosto, adornada de reflejos rojos de claveles que adornaban el brocal del bello pozo, a la hora que el sueño hacía callar a las chicharras y a los habitantes de la casa, cuando la brisa suave acariciaba la era y a los campos amarillos de oro que miraban al cielo.

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