A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

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lunes, 7 de enero de 2008

Cuando el Amor se va.


A veces entrar en casa, es una tarea dolorosa. Detrás quedan los ruidos de la calle, los semáforos cambiantes y las voces superpuestas. Dentro silencio, un silencio tan inquebrantable y pesado que ni la radio ni la televisión pueden con él.

Los objetos se van ahuecando hasta perder su sentido; la angustia lo preside todo. Ninguna actividad proporciona alivio, se respira mal y la desazón gana la partida.

La soledad asfixia. Sentir la soledad es una vivencia completamente opuesta a buscarla para hallar tranquilidad; para pensar o para crear.

“Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido”. Recitaba Fray Luís de León y sin saberlo estaba sentando las bases del aislamiento como relax, sin duda tomaba la soledad como posibilidad de desentenderse de horarios, obligaciones y ataduras. Exactamente lo contrario de lo que ocurre con la soledad impuesta que comporta un desasosiego casi patológico.

Cuando la soledad se codea con el drama, en general está referida a una ausencia real no deseada: La muerte o la separación de un ser querido, también a la incomprensión del medio social o familiar, el fracaso laboral o un revés económico. Quizás porque en todas estas circunstancias está presente el denominador común de que algo falta, aunque también sentirse solo en compañía es otro tópico que habla del fallo de los vínculos.

La duración de nuestras pasiones es tan incontrolable como la duración de nuestra propia vida. Y digo yo:

“Érase una vez un hombre y una mujer que a pesar de la rutina, el tedio, algún maniqueísmo hipócrita y la amenaza de muerte de uno cualquiera de los dos por asfixia de personalidad, lograron mantener vivo durante veinte o treinta años el voraz apetito intelectual, afectivo y sexual que los unió de jóvenes”. Para esos dos un Bravo con todos los honores.

Me gustaría que a mí cuando me case o tenga pareja de vivencias de esa índole, me ocurriera eso, porque que es amor sino ese asombro del otro eternamente renovado, ese deseo de gustar y de ser sorprendido, esa caricia siempre modificada, ese grado de virtuosismo que asesina las costumbres, que aniquila las coordenadas del tiempo y del espacio. Para conseguir eso, para no sentirse solos, contamos con nuestra imaginación y nuestra inteligencia, porque todo amor reposa sobre un equilibrio frágil, el equilibrio de la estima y el deseo, todo amor es mortal, temporal y caduco por principio.

Para salvaguardar ese amor, nada más contraproducente que esa fidelidad patética impuesta por el medio social, la pereza, el interés o el miedo a hacernos daño.

Esa fidelidad de pacotilla sin amor, fidelidad de la facilidad para mentirse, para aburrirse, para felicitarse el cumpleaños y exasperarse mutuamente hasta que la muerte nos separe, esa fidelidad que por desgracia permite transgresiones, erosiones y apaños y que como los armisticios nucleares se funde en la hipocresía social y un corrosivo conformismo.

Hagamos del amor una prioridad, no una fatalidad y para eternizarlo, privilegiemos el respeto, la cultura, el cambio y la virtud, la virtud de ser fieles a nosotros mismos que hoy por hoy, es la menos practicada de todas las virtudes.

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