A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

martes, 27 de mayo de 2008

Trazos

Sé cuando te miro llegar a tus facciones, te observo durante horas tu rostro dormido. Tenías los ojos cerrados, las mejillas enjutas, los labios delgados, transformados en dos líneas que a veces no hacen ningún gesto. Yo me esforzaba por rescatar tus rasgos conocidos, tu nariz afilada.

Algunas veces no quería marcharme y te tomaba tu mano para que te dieras cuenta de mi contacto. Son hechos que se producen en momentos inesperados, incluso antes de que pudiera imaginármelo, me inundaba una sensación de perplejidad, que me aproximaba al abismo, eran momentos que mi propia perplejidad oscilaba entre la sorpresa y la duda, y un océano de preguntas me invadía la razón, llegabas a formar parte de mi existencia y yo de tu espacio, a veces no podía calcular el tiempo que pasaba mirándote sin que me vieras, y mi presencia como un halo se esparcía por toda la estancia. Otras veces te quedabas mirando justo en el lugar donde te sientas en el borde de la cama, ese lado que me acoge cuando llego, antes de pasearme a tu lado mientras andas por la casa, entonces pensaba por un momento que me estabas mirando, sereno, complacido, en silencio y a veces taciturno.

Yo quería que lo hicieras, y me levantaba y sentaba mil veces, repetirlo era como un rito de aviso, “te quiero” decían mis labios, hasta que me dolían de tanto murmurar lo mismo, me entraban ganas de hacer algo, no era capaz de resignarme a la inmovilidad, y te tomaba las manos, atravesaba las tuyas como aire fresco infrahumano, me desesperaba tu quietud de espera, de vez en cuando me murmuraba a mi misma palabras de consuelo, te apretaba el hombro, el muslo con una mano… alguna vez te levantabas inquieto y te tomabas un trago de algo, que a mi me sabía amargo. A veces retornabas de tu ausencia y te sentía sintiéndome, salías de tu sueño si dormías, y hablabas, eran palabras que solo comprendía de vez en cuando, cortabas las frases y susurrabas, con el cuerpo empapado y el movimiento tembloroso bajo las sábanas, pronunciando mi nombre, mientras yo te miraba tranquila, borracha de tristeza.

Entonces me di cuenta que tú no te preocupabas por mi, yo era tu seguridad.

Silencios en calma llenos de confianza de saberme allí a tu lado, pasiones febriles llenas de faltas, y nos mirábamos “así” como suelen mirarse dos que se aman, y después de tanto, nos miramos y ambos sabíamos que nos mirábamos…

Cuando me quedaba absorta era tu mirada la que me buscaba, había confianza en tus ojos cuando sentías el sitio invisible donde estaba mi rostro, como si sintiéramos la necesidad de vernos.

Y las noches de frío y de viento, abrazados de lluvia, eran las imágenes que más se quedaron retenidas, como fotografías que no existen pero que guardamos en la memoria.

A veces inclinabas la cabeza para mirarme con una sonrisa leve en tus labios y yo esperaba, esa alegría feliz, ese punto inocente de que consiguieras verme, y nos recordamos a dos niños pequeños, sino hubiera sido por la pasión que me oprimía el cuerpo y el pensamiento…

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