A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

martes, 27 de mayo de 2008

Trazos_1

Por las tardes cuando la casa se duerme abandono la protección de sus paredes y se diluye mi materia por la diversidad de la ciudad, parece que la cruzo en vuelo, empujada por todos los vientos, como si llevara aire en los talones.

Cuando me siento triste, me voy de noche a detener el universo, y si es de día, a florecer todos los jardines del mundo. Siempre hubo en mí una superposición de estados de ánimos, una suma de emociones que vivo como un hecho natural, dicen que es mi sensibilidad, la que ofrece y la que acepta, como un receptor.

A veces la paseo con el aliento quebrado y algunos mechones de mi pelo sueltos que me proyectan alguna sombra y en mis labios se expresa la impaciencia, otras en cambio, voy serena, despacio, aunque mi alma empieza a volar como si fuera un pájaro, es un estremecimiento sutil que solo yo conozco, es como un deseo de volar y la necesidad de mantener la calma, y siento como un deseo rabioso de despreocupación.

Cuando vuelvo a mi casa el aire crepita caliente después de ser besado por el sol, el cielo se ve completamente despejado y en cambio yo, llevo electricidad en el pelo y en la punta de los dedos, la tarde se va poniendo encarnada, a medida que bajo la calle, baja el declive de ella y una magnificencia antigua se posa sobre el cielo aplastando la calle, y me hace sentirme pequeña y apretada entre fuerzas cósmicas como una heroína de una tragedia griega, me sentía caminar como si recorriera el propio camino de mi vida, mirando las sombras de la gente que a mi lado se escapaban sin poder asirlas, empezaban a pasar los autos, la gran plaza pasaba delante de mis ojos, con sus árboles, sus bancos y en uno de estos bancos me encontré sentada, me decía a mi misma que de nada vale correr o escaparse, si siempre ha de irse por el mismo camino, a veces sabiendo que nací para vivir la vida, adopto el pequeño papel de espectadora, y me doy cuenta mejor de otras tantas cosas y es cuando me tiembla el mundo y me emociono y recuerdo y me revelo, leo rápidamente hojas de mi vida y corro de vuelta a casa pensando que otros dolores que el que me inunda ahora, incluso más grandes, me habían dejado indiferente hasta la risa, la calle irradiaba su alma en el crepúsculo encendiendo sus escaparates como grandes ojos llenos de luces, mil olores y miles de historias subían desde el empedrado de la calle, y yo misma, un elemento más, pequeño e insignificante, perdido en ella.

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