A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

miércoles, 4 de junio de 2008

En el tiempo.

Esta tarde mientras tomaba café, cuando la taza subía hasta mis labios en el último sorbo, te vi a través de la ventana del bar. Esperé unos instantes para que no me vieras salir y desapareciste de mi ángulo, entonces salí, pensé que no me habías llegado a ver y comencé a andar un poco más deprisa de lo que acostumbro, mi corazón empezó a desbocarse, a galopar por las inmensas llanuras blancas llenas de cales eternas, como antes en nuestro pueblo, pensé que no me reconociste, de lo que en el fondo, aunque no me atreviera a llamarte, me entristecía, recordé nuestros paseos desde el real hasta la cancela verde de la casa de mis abuelos, nuestras charlas de recién salidos de la niñez plena, los juegos y los saltos sobre los charcos en días de lluvia… en un instante mi corazón se paró, de repente el jinete de un blanco alazán, bajó de su montura y acercándose a mi, buscó con sus manos las mías para entrelazarlas, como tantas veces lo habían hecho entre aquellos brillantes barrotes del color de la esperanza… ¿No me reconoces? _ te has quedado muda… dijiste.

Pareció que no pasara el tiempo, que los momentos preciosos de nuestra niñez, se habían parado en el tiempo.

Me gustaba la blancura del azahar de los naranjos del paseo nuevo, los gestos de niños tiernos, como cuando me pinchaba con los pinchos cogiendo los higochumbos del campo y las fresas silvestres cerca de la estación del tren, y tú me besabas la frágil manita de una niña de ocho años, o me acariciabas los bucles de mi radiante cabello o cuando te escondías detrás del limonero para asustarme al pasar o para acechar las lagartijas que trepaban por la vieja tapia medianera de la alberca…

¿Cómo no iba a reconocerte?

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