A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

sábado, 9 de agosto de 2008

Vidas ContadaS.

Delmira Agustini.


“Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones de palomos, de buitres, de corzos o leones” rugía la uruguaya Delmira Agustini, y estremecía con su poesía erótica a toda la burguesa sociedad rioplatense de 1900.

Muy lejos de cualquier estereotipo, La Fiera venía en el envase de una joven rubia, de ojos claros, menuda y suave “como un angel encarnado, lleno de encanto e inocencia” según los dichos de sus contemporáneos.

Era la hija mimada de Santiago Agustini y María Murtfeldt, una acomodada familia de Montevideo que se enorgullecía de esa niña buena y obediente, sencilla, recatada y dulce.

Superdotada en lírica, Delmira comenzó a componer versos a los diez años y recibió de sus padres la instrucción básica y clases privadas de francés, pintura y música, en un ambiente de cariño e idolatría hacia sus condiciones naturales.

En lo exterior era la perfecta señorita consentida de principios de siglo. Pero fue en su interior erótico y trágico, donde Agustini encontró su “Safo”, rompió con la clausura del pudor impuesto a la voz femenina, y se convirtió en la poetisa más destacada del Modernismo.

“De todas las mujeres que hoy escriben en verso, ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini...es la primera vez que en lengua castellana aparece un alma femenina en el orgullo de su inocencia y de su amor…”

Rubén Darío

Por las noches Delmira era una verdadera sacerdotisa de Eros. Escribía en un estado de hiperestesia, poemas de la más apasionada sensualidad y sexualidad, como ninguna mujer del mundo hispano antes que ella. Y por supuesto, dejaba perplejos y pasmados a todos sus contemporáneos, menos a su sobreprotectora madre y al padre, quien se encargaba de pasar en limpio y ordenar la poesía de su hija, con letra impecable y caligráfica.

“Delmira Agustini escribía en trance. Había cantado a las fiebres del amor sin pacatos disimulos, y había sido condenada por quienes castigan en las mujeres lo que en los hombres aplauden, porque la castidad es un deber femenino y el deseo, como la razón, un privilegio masculino…”

Eduardo Galeano.

Pero a pesar de su extremado erotismo, esta Fiera no había conocido el verdadero amor. Y cuando Enrique Job Reyes, un noble negociante de ganado caballar llegó a su vida, Delmira, lo elevó hasta la cúspide de sus fantasías.

Se casaron un 14 de agosto de 1913 y antes de cumplir un mes y medio de la boda, La mujer abandonaba al flamante marido y se refugiaba en la casa paterna diciendo que estaba “huyendo de tanta vulgaridad”.

Algunos dijeron que se había enamorado del escritor argentino Manuel Ugarte, con quien se escribía y solía ver en Montevideo. Pero lo cierto es que apenas entabló la demanda de divorcio, Delmira comenzó a frecuentar a su marido como amante, frecuentemente y en distintos hoteles. Quizás en ese amor clandestino y misterioso, sus gritos encendidos de bacante y su voluptuosidad encontraran la satisfacción que el matrimonio le había negado.

En la tarde del 6 de julio de 1914, Delmira acudió a una última cita de amor con su ex-marido en una habitación alquilada. “Para mi vida hambrienta, eres la presa única” había escrito, pero nunca sabremos si Reyes fue o no su presa.

En esa cita el hombre asesinó a La Fiera con dos balazos y luego se suicidó.

“Yo muero extrañamente...No me mata la Vida, No me mata la Muerte, no me mata el Amor; Muero de un pensamiento mudo como una herida”.

Delmira Agustini.

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