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viernes, 26 de junio de 2009

Vidas Contadas 2_ Dolores la hija de Romualdo.

Como decía mi Abuelo... escribir es rescatar todo lo que te cuentan y hacerlo historia para que esa dama infiel llamada memoria no las vista de olvido...a mi me contaron historias de boca en boca... yo, las escribo y así las rescato...



Dolores es la hija mayor, piensa que su madre le puso el nombre adecuado.


A veces la espera es dulce-piensa Dolores- pero esperar puede convertirse en un gran paréntesis de soledad, ella espera, ha esperado siempre a que le cambie aunque sea un tanto, esa vida detenida en la espera, pero su mente ya no distingue del todo la realidad, la espera la deja a veces varada en el tiempo…


Romualdo Vázquez fue un gran hombre, un trabajador incansable aunque fuera dueño de casi todas las tierras que componían la zona de “Valdemaría”, Dolores cuenta que la tierra fue una herencia de mano en mano en sus antepasados, que su padre la encontró inhiesta y baldía y la plantó de frutales, de viñedos y de olivos dándole vida. En tiempos de la guerra, su padre era un hombre intachable, una buena persona, pero luego cuando llegaron los ganadores, era un rojo al que había que despropiar.


Leonor es una mujer bellísima, con solo diecisiete años se casó con Romualdo, su vida era tranquila, se ocupaba de su casa y su marido y luego cuando empezaron a nacer, de sus hijos, tuvieron cinco, de los que desde hace mucho tiempo solo le quedan dos, Dolores y Antonio.


Cuando el militar dictador ganó la guerra, a Romualdo ya solo le quedaba la casa de Valdemaría, a la que antes solo iban cuando trabajaban el campo o cuando los niños terminaban el colegio, y un trozo pequeño de tierra de la que aún comía la familia. Le cambiaron la casa con no sé que robos y artimañas y los metieron a los siete en un cuartucho sin baño y con una pequeña cocina, donde lentamente en pocos años y aún joven perdería la vida. Dejó viuda joven y cinco niños de edades comprendidas entre los 17 años y los siete de la más pequeña.


La vida de Leonor se tornó oscura y ya por último le quitaron el trozo de tierra que seguían trabajando para que comieran los cinco niños que lloraban la falta de su padre y de comida; Leonor no es una mujer fuerte, es como un jarrón de porcelana que con cualquier aire se quiebra… se tiró a la bebida… Dolores convirtió su vida en la de su madre y hermanos mientras cubría la suya de espera… se quedó soltera y en unos diez años, soportó ver morir a tres de sus hermanos y luego a su madre.


Su hermana Lucía murió de una malcurada neumonía, su hermano Jorge, murió de la mala vida que da trabajar a destajo y desde los nueve años, pasando hambre y frío y el corazón ahíto de pena…


Luego en unos años llegó la marcha voluntaria de la más pequeña Rocío, que había heredado la belleza sublime de su madre, Rocío se cansó de vivir penando, de mirar a su madre y hermanos, se quitó la vida con diecisiete años, un día cualquiera de primavera, cuando los capullos en flor de sus ojos empezaban a brotar. Dolores lentamente empezó a tener lagunas, quizá para evadirse o no sentir la espera, pero ella aún espera, cuando habla con su hermana pequeña por las calles quemadas de sol.


Solo queda Antonio, y ella, su madre no soportó la muerte de su bella Rocío y se fue en un año apenas, Antonio dice que se dejó morir…


Dolores se repite una y otra vez, que tiene que pensar, que actuar normal, que Antonio no note las ganas que tiene de dejar el mundo atrás, Y Antonio, vaga por las calles con la espera heredada de Dolores…


Valdemaría entonces pasó a manos de un militar, que al menos la tuvo bien cuidada, pero le falta la luz que antaño la iluminaba, de día y de noche una neblina como una sombra negra, corona los tejados de la gran casa, impidiendo la bajada del sol, ya nunca es primavera en esas tierras…


Valdemaría, está como Dolores y Antonio, sumida en la espera…


2 comentarios:

  1. Lo dicho, tus personajes me enganchan.

    Precioso relato muy bien elaborado.

    Con un poquito de envidia (pero de la buena) FELICIDADES.

    Un besitooooooooo

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  2. La vida, a veces, es una garra lena de puntiagudas uñas. De un zarpazo tienes marcado todo el cuerpo... toda la vida...

    Buen relato, de los que no se olvidan...

    Un fuerte abrazo.

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