A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

sábado, 19 de mayo de 2007

Corazón Loco_ Relato.



Amada Mía:

¿Viste como no erraba al decirte que vendrían a buscarnos?¿Que no iban a permitir que nos amasemos?.Aún me parece estar girando una y otra vez la cabeza hacia atrás, buscándote aquella madrugada entre la multitud, entre el vociferío y en aquél ir y venir de pasos resonando sobre el firme y la grava del suelo. Aún veo mis ojos espantados buscando los tuyos por encima de del laberinto de voces enfrentadas hasta que logré verte de lejos. Custodiada por hombres uniformados que cubrían con una manta tus hombros mientras te conducían al interior de aquél coche. Aún oigo el eco de mi voz gritando de mil formas distintas tu nombre a la vez que sentía tu desamparo en aquél llanto de muñeca rota que se te resbalaba por los ojos. ¡Y como añoro ahora tus labios!. Fue verlos y saber que no habría otros en el mundo que besasen mejor. Lo intuí.

Te acuerdas cuando te llevé a aquél café. ¿Te acuerdas?. Mi pie descalzo buscándote con desvergüenza bajo el escaso mantel del velador mientras se iba abriendo paso por entre tus muslos chorreantes de escarcha; muslos de flor cubiertos de rocío y de deseo. Y luego, más tarde, yo abriéndote mi corazón mientras tú explorabas las dunas de mi pecho a la vez que me rogabas que dejase de mirarte porque te avergonzabas.
Pero ni podías pedírmelo ni yo acceder porque me volvía loco contemplar cada uno de tus gestos, aquella mueca de placer que se te posaba sonrojándote como una mariposa la mejilla. Y yo diciéndote: Mírame. No dejes de mirarme desde esa profundidad de tu abismo. Mira en lo que me conviertes con tan solo mirarme.
Verdad que notabas como loca a mi sangre bombear desde su pleamar?.

Desearía eternizar este instante porque luego, todo será galopar sobre tu cuerpo de azúcar, por tus pechos nevados de saliva, por el oasis de tus caderas para luego descender desde tu ombligo y acariciar las autopistas de tus piernas, quiero hacer más larga esta espera, convierte en eterno este instante, que parezca que muero en el intento antes de posarme sobre ti como una nube blanca y deja caer como un paño de seda, desde el aire, tus dedos por mis muslos.

Unas horas antes en el café, tú me habías dicho:” Vayamos a otra parte porque todos nos miran y yo siento vergüenza”. Y yo dije que sí al tiempo que abandonamos aquél lugar quedándose en la mesa las dos tazas intactas. Y te cogí en mis brazos con la dulzura de quién sostiene un pájaro.¿Recuerdas como todos nos miraban con ojos asombrados?. ¿A dónde quieres ir?. Y tú, en mis brazos, en la acera, donde la lluvia había formado ya una alfombra de agua me dijiste al oído: “ Adonde solamente puedas mirarme tú y las pocas estrellas que alumbren esta noche” ¡Como recuerdo la manera en que agarré con mis brazos tu cuerpo tirando de ti con fuerza que deseé extraerte, como si fueses junco, de la tierra!¿ Verdad que te gustaba? ¿Verdad que me sentías como te sentí yo, sobre mí, toda entera?. Ahora, en esta carta, puedo confesarte el valor y el coraje que necesité para acercarme a ti, para decirte las primeras palabras sin que los nervios me jugaran una mala pasada ¡Cuantas horas empujando al tiempo con el único propósito de adelantarlo y cruzar esa esquina que me llevaba a ti¡. Tú siempre sonreías aunque no decías nada. Yo sabía, sospechaba que entre toda esa muchedumbre que llenaba la calle, notabas mi presencia. Que aún de lejos, oías voltearme el corazón como el vértigo que embarga al malabarista que gira sobre una cuerda floja. ¿No es cierto que distinguías de entre todos el eco, el temblor de mis pasos acercándose?. Y qué feliz cuando me regalaste ese primer beso de tu boca.
Aquella tarde se había puesto plomiza a medida que se fue haciendo de noche. Tú me habías dicho al salir del café : “Tienes los ojos del color de esas nubes. Grises. Y no pude evitar ante tanta belleza que se me saltaran las lágrimas y te dije: “Te quiero” y nos miramos no sé por cuanto tiempo, sin saber donde empezaba uno y terminaba el otro. Luego cruzamos la ciudad en un taxi con aquél hombre que no dejó de mirarnos perplejo a través del espejo retrovisor del coche.
Creo que el taxista sintió miedo mirándonos, aunque no sé de qué. Le dije que parara el coche en aquellas ruinas, y tras pagarle, escapó como perseguido por gigantes espectros.

Fue entonces cuando te quedaste callada contemplando aquel viejo convento abandonado. No entendí bien tu silencio, entonces yo te acaricié el pelo y te confesé: “Aquí vengo cuando quiero estar solo y soñar que te tengo”. Ven quiero que subas hasta allí entre mis brazos, si, hasta ese campanario tú y yo juntos lo más cerca posible del cielo.
Ya después allá arriba sentí mi pecho en tus senos y bajo aquella oscuridad llené de luces tu sombra de seda virginal.

No, No iban a permitir que nos amasemos. Te lo avisé. ¿Viste como vinieron por nosotros?. Aún me ciega el recuerdo de los fogonazos azules de los coches de patrulla con sus sirenas irrumpiendo y llenado de sonidos el silencio del campo. Aún me parece estar viendo los brazos que te arrancaron de los míos, mientras yo no paraba de gritar: No, no la toquéis, no os atreváis a ponerle las manos encima, ella es mía como yo soy de ella. Luego te metieron dentro de aquél coche, cubierta con la manta y jamás pude verte. En cambio, conmigo se ensañaron a empujones y risotadas hasta introducirme en un furgón, y luego, los coches con sus luces tomaron otra vez el camino de vuelta, mientras yo, derrotado, veía cada vez más pequeño el viejo campanario que se quedaba solo con su pena en ruinas, al tiempo que una cigüeña sobrevolaba medio loca la noche, hasta posar por fin su esperanza en el nido.

Y aquí estoy, amor, escribiéndote aún a sabiendas de que tampoco a tus manos va a llegar esta carta. Pero es la única manera de olvidar estos muros; de saltármelos y volar hacia ti que eres mi refugio y también mi cobijo. Nunca van a dejar que volvamos a vernos vida mía, aunque si de algo soy culpable es de amarte por encima de todo. Pero ellos nunca lograran verlo desde esta perspectiva pues, en su estricta moral no caben otras pasiones que las que ellos practican. Así, que ante los ojos del mundo entero me mostrarán como el ogro o matarife que yo nunca he sido. Y ahora, debo dejarte, amor.

Un vigilante anuncia que pronto apagarán las luces y debo entregarle esta carta. Ellos me miran, se ríen y se mofan. El más viejo pregunta que porqué estoy aquí y que quién soy. El otro le responde muy bajo aunque sin poder evitar que yo le oiga: “Nadie. Un chiflado. Un loco que lanzó una piedra a un escaparate y robó un maniquí de una tienda de novias, dice que se aman y piensan casarse.” Me despido ya, amor mío. Empiezan a apagarse las luces y ahora sí que la luna en todo su esplendor, se asoma misteriosa, redonda y amarilla por la estrecha ventana de mi celda dando luz a este gris manicomio y a cada corazón que aquí queda en tinieblas.

1 comentario:

  1. Este relato es muy original y buenisimo, enhorabuena Ginebra.
    Me gusta mucho leerte, eres amena.
    Alvaro.

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