
El agua corría a chorros desde los cuellos del anorak de Juan y Sonia, como si este fuera la propia lluvia.
Sonaban las campanas como si protestaran de tanta agua…
Diluviaba…
Al caminar, los pies de uno lanzaban agua a los pies del otro, charcos como mares… en las avenidas, en las plazas, en las calles…
Solos, caminaban bajo la lluvia, solos y sin paraguas…empapados y sonriendo caminaban a la reunión del comité, ambos ilusionados, Juan le retiraba el pelo chorreando de la frente a Sonia de vez en cuando…ella, con los labios mojados sonreía mientras bebía el agua del cielo que entre dientes y sonrisas se le colaba por las comisuras.
Caminaban resueltos a encontrarse con la guerra laboral, pero con la sonrisa puesta y la gana abierta.
Mi padre me dijo que tu abuelo era muy valiente-dijo Juan-
Sí, así es, y mi padre también-contestó Sonia-
Juan sonríe.
Sonríen los dos.
Ella lleva en su bolso pliegos de alegaciones firmados.
Él lleva otros, llenos de pactos.
Sonia mira a Juan y Juan no deja de mirarla…
Llueve, el camino hasta el destino es largo y con obstáculos, pero están llegando.
Llegarán a la dirección que se han trazado. Ya han empezado a vislumbrar entre la cortina densa de agua que cae, los laterales del tejado de la junta “unida” de trabajadores, y diluviando, pero luchando…
Y era martes y el temporal improvisaba el horizonte imprescindible…