A Menudo


Sueño y Vuelo, aunque me caiga luego,

miércoles, 2 de abril de 2008

Historia de una ventana.


No quiero ser protagonista

de tus cuentos de hojas amarillas,

te sobran espejos donde mirar tu fracaso…

y la cuenta atrás del tiempo, te va derramando la soledad por los rincones.

Esa que te hará abandonar desafiante la frontera de la cordura, sin ningún equipaje que la ate, ninguna palabra de amor que la detiene, ahí ya lágrimas no te quedan, ni temores ni dudas, desnuda de razones.

Repentina locura de luz como un sol colado por el tamiz de los días amargos, te hará abrir los ojos mientras contemplas tu vida desde la cera de enfrente, tan lejos en la distancia, tan cerca en tu corazón.

Será otro almanaque el que rige tus días, da igual seis horas más que menos, ese mar que te llama a lo lejos en el cristal de tu ventana, que susurraba con rumor de sonrisa libre, la espuma que te regalaba caricias de sal cada mañana, aquella paloma blanca o ¿era morada? Se está mirando en el agua, mientras revuelves el acero brillante de los utensilios de tu cocina cuando te haces el pescado que tanto contabas, las uñas heridas de arcilla destrozadas de tanto arañar la felicidad, seguramente cambiarás el marco de la ventana más que nada porque la angustia sea menos, el marco de azul, los cristales pintados de colores pastel para hacerte la vida más rosa.

Las sábanas verdes siguen oliendo a jazmín, azahar y a canela mientras un recuerdo se sigue meciendo en tu cama cuando se apagan las luces y cuentas hasta diez buscando la calma, a la mañana siguiente, estallarán los relojes mientras tú esperas que a alguien le vuelvan a crecer las alas, pero sorprendentemente no se te olvidará respirar porque en tus sueños correrá el aire entre tu pecho y mis caderas, calor y color en apenas seis metros cuadrados viciado además por el humo de tus cigarros, en esos momentos en que me ves cuando cierras los ojos evitando en su abrir una irrevocable realidad.

Y sin embargo te sobran los sueños con sabor a canela en las estanterías de tu memoria, sabes transformar la vida como transformas los sabores y la piedra, será porque te sobran años y experiencias, como sabes transformar la espuma de tu fregadero que casi huele a mar, ese mar no tuyo adoptado en tu corazón que pone olas desbordantes a los deseos más ocultos en un despliegue de la imaginación, mientras esperas a que la nueva luz de un nuevo día se cuele por tu ventana y sea la frontera que te separe de la locura y enganches de nuevo tus pies al autobús en una sesión de terapia anti-stres.

Y de nuevo otra noche, en la que nadie osa abrir la puerta o la ventana hasta que los ruidos se apagan, si aprendieras a compartir los vacíos no te pesaría tanto el humo de tu cigarrillo, ese asilo más barato donde apagar los viejos miedos, esos que estorban, y empiezas de nuevo a hilvanar otra noche ajustando los pliegues de tus verdes sábanas para que no se te escape el alma.

No cuentas las horas ¿ o si? Pero el reloj agoniza ya sin tiempo para escribir un epitafio decente y muerdes el silencio como maná escaso, cierras los ojos, repasas, revives, recuerdas, respiras…

Una vez tuviste unas alas prestadas con las que alguien te resucitó a la vida y de esas alas se alimenta cada minuto de tu vida. Vivir de nuevo… Vivir.

Seguramente ese sístole que te alienta, ese latido que solo reconoce las ausencias, anda perdido, y es tu mano la cuna, tu voz el diástole sustituto que te hace con unas alas ser uno.

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